Un cop acabades les setmanes dedicades al Màster en Lied de l'ESMUC, tenia previst publicar una nova lletra del nostre abecedari, però he preferit donar prioritat a un altre convidat. El Jorge Binaghi, a qui molts coneixereu per les seves crítiques a Mundoclásico (entre d'altres publicacions), és d'aquelles persones fantàstiques a qui un dia li dius, així com de passada, que t'agradaria molt que t'escrivís un article i unes setmanes després reps un mail seu que diu que com que feia massa calor per baixar a la platja s'assegut a escriure el que li havies demanat.

El fitxer adjunt era aquesta preciositat que podreu llegir després d'aquestes línies meves; fa un temps el Jorge em va comentar, amb tota naturalitat i com si no fos important, que havia escoltat Hans Hotter al teatre diverses vegades. Vaig quedar impressionada i per això, així que vaig poder, li vaig demanar que ens ho expliqués. Sabia que les seves paraules serien emocionants. Aquí teniu les seves impressions i els seus records, il·lustrats musicalment amb el darrer lied de Winterreise, Der Leiermann, en l'enregistrament que Hotter va fer amb Gerald Moore. Moltíssimes gràcies, Jorge, ni t'imagines com t'ho agraeixo.

Hans Hotter
Hans Hotter
 

Hans Hotter. Lo escuché en vivo por primera vez en el teatro Colón en 1962. Cantó el Gran Inquisidor en el Don Carlo de Verdi y los tres Wotan del Anillo wagneriano junto a Birgit Nilsson y Gré Brouwenstijn (ese era el nivel del Colón entonces).

Yo, a mis diecisiete años, lo conocía por su mítico Holandés, y por algunas arias y un poco por el Wotan de La valquiria, que había cantado con la Mödl dos años antes también en Buenos Aires.

No hace falta decir que Hotter era de esos cantantes que irradiaban magnetismo y un disco, un ‘live’, o incluso un video no dan nunca la sensación con la que se salía del teatro. Por supuesto que recuerdo su Wotan imperial del Oro del Rhin (al cual fui en medio de una asonada militar para furor de mis padres), pero el primer gran impacto había sido antes, cuando el Gran Inquisidor golpeaba dos veces su bastón y decía ‘Perchè son io qui? Che vole il re da me?’. Claro que era una voz envolvente, enorme, bellísima, pero era sobre todo qué y cómo decía. Y cuando apareció en el segundo acto de Valquiria para primero entonar el canto de victoria (junto a los ‘Ho io to ho’ de la Nilsson que eran un clarín) uno se quedaba sin aliento. Más que sin aliento se quedaba con las frases pesarosas, primero en su disputa con Fricka, y luego en las órdenes modificadas a su hija (la futura gran rebelde, pero con causa). No sabía yo una palabra de alemán, pero aún no he olvidado su ‘Das Ende…Das ende’ en el monólogo con tanto matiz como desesperación o su última advertencia ‘Sigmund fälle!’. Cuando reaparecía al final del acto, el desprecio con que hablaba a Hunding era como para que éste (Arnold van Mill) cayera fulminado, y el inmediato furor que presagiaba las nubes del tercer acto con el que acababa el segundo eran francamente inquietantes. Así y todo no estaba yo preparado (y había salido el disco de dúos de Wagner con Nilsson) para el tercer acto, para la prepotencia del poderoso que se sabe entrampado y con culpa , para el amor infinito del padre en el momento de cumplir con el castigo a la hija preferida (y ahí, cuando decía de alguien que vendría, ‘freier als ich, der Gott’, sin saber que estaba diciendo –no había sobretitulado, qué maravilla- que su ocaso se intuía y que no era tan libre como hacía ver, se palpaba la angustia, el dolor. Pero todavía le quedaba la invocación a Loge antes de que cayera el telón y el público, literalmente, bramara.

Su ‘Wanderer’ era irónico, escéptico, derrotado antes de la humillación final, todavía capaz de inspirar pavor en las amenazas a Mime o en el último encuentro con Erda.

¿Y por qué estoy escribiendo yo esto? Porque Hotter volvió una vez más a Buenos Aires en 1966, pero a ofrecer dos conciertos. Uno era en un Museo, organizado por una Asociación entonces muy elitista y las entradas no se podían conseguir o estaban fuera del alcance de las posibilidades. Fuimos unos cuantos –varios- poco antes del recital, un ramillete de lieder alemanes, pero sólo uno consiguió entrar. Y salió en las nubes (no se transmitía ese tipo de recitales). Pero lo que terminó siendo su despedida de Buenos Aires se realizó por fortuna en el Colón, un sábado por la tarde y allí, no sé si por qué él sabía que era probablemente su última vez allí, cantó EL ciclo, léase el Winterreise. Por supuesto que existían y existen muchas grabaciones (o algunas) de ese monumento a la soledad y el dolor humanos por Hotter con notables acompañantes (el del Colón era correcto). Yo lo conocía superficialmente (había entrado en el lied de la mano de Victoria de los Ángeles en 1962. Ella, Crespin, Gedda y Hotter fueron los maestros responsables de mi devoción por el canto de cámara. Tan distintos entre sí, tan complementarios).

No puedo explicar el terremoto emocional que creaba Hotter en cada canción. Sólo diré que las toses eran casi inexistentes y severamente reprimidas mientras esa voz oscura y envolvente iba desgranando algo que estaba mucho más allá del alcance de un muchacho de diecisiete años –por suerte… Cuando lo he entendido mejor, ha sido gracias a haberme dejado la piel por el camino, como este narrador que cuando llegaba al Leiermann creaba una tensión y un silencio tales que se hacían insoportables …

Años después, muchos, volví a ver por última vez a Hotter en el Liceu. Su última actuación también allí. El repugnante y ambiguo Schigolch de la Lulu de Berg. No sé por qué se perdió la oportunidad de que todavía hiciera un recital. Habría podido.

Hacía mucho ya que no iba a esperar cantantes a la salida y, tontamente, creía que habría una multitud. No éramos tal multitud y el gran Hotter estaba mayor y cansado. Pero los ojos mantenían su vivacidad. Se sorprendió de que no le pidiera una firma –no llevaba programa- pero le dije que quería agradecerle todo lo que había hecho en Buenos Aires. Reapareció el dios. ‘Usted no puede haberme visto en mi debut’. ‘No, Ud. debutó con Flagstad, Janssen, Svanholm y Kleiber entre otros, en 1948; yo lo vi después’.’ ¿Y qué le hizo venir ahora?’.

‘Mucho. Todo. Desde los dos golpes del Gran Inquisidor. Pero, sobre todo, el ‘Leiermann’ y ‘Der Mai war mir gewogen’. ‘¿Habla Ud. alemán?’ ‘Un poco. Entonces me aprendí la frase de memoria porque no sabía una palabra’. Ya no había rastros de Schigolch, ni casi de edad; el majestuoso Wotan recuperó su dimensión humana y me dijo: ‘Siempre fue un público especial aquél. Voy a escribir mis memorias y casi seguramente va Ud. a sonreír cuando vea el título’.

Se marchó como el Wanderer con su lanza rota, pero su dignidad intacta. Como todos saben, diez años más tarde (1996), su autobiografía lleva por título precisamente ese verso del Winterreise de Schubert.

 
 
Der Leiermann
 

Drüben hinterm Dorfe
Steht ein Leiermann
Und mit starren Fingern
Dreht er, was er kann.

Barfuß auf dem Eise
Schwankt er hin und her
Und sein kleiner Teller
Bleibt ihm immer leer.

Keiner mag ihn hören,
Keiner sieht ihn an,
Und die Hunde brummen
Um den alten Mann.

Und er läßt es gehen
Alles, wie es will,
Dreht und seine Leier
Steht ihm nimmer still.

Wunderlicher Alter,
Soll ich mit dir geh’n?
Willst zu meinen Liedern
Deine Leier dreh’n?

A l’altra banda del poble
hi ha un músic de carrer
i, amb mans balbes,
fa girar la maneta tan bé com pot.

Descalç sobre el gel
vacil·la d’un cantó a l’altre
i el seu platet
sempre està buit.

Ningú se l’escolta,
ningú li fa cas,
i els gossos rondinen
entorn d’aquell vell.

I ell, no s’immuta,
ho deixa passar tot,
va fent girar la maneta
sense mai parar.

Oh vell estrany!
Puc venir amb tu?
Podria el teu orguenet
acompanyar les meves cançons?

(traducció de Salvador Pila)

 
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