Robert E. Lee Steamboat - August Norieri

Robert E. Lee Steamboat - August Norieri

Canción americana: Charles Ives, Leonard Bernstein, Aaron Copland, Samuel Barber, Ned Rorem... Todos ellos compositores del siglo XX. ¿Qué relación hay entre el género de la canción de cámara europea y la americana? ¿Cómo llegó a desarrollarse un género propio en los Estados Unidos? El proceso no es diferente al experimentado, por ejemplo, en Francia, desde la introducción del lied alemán coexistiendo con el romance hasta la eclosión de la mélodie.

Los colonos que llegaron a Nueva Inglaterra a partir del siglo XVII llevaban en su equipaje, además de sus pertenencias, su cultura y sus costumbres. No es extraño por tanto que primero en las colonias y más tarde en la nueva nación en las casas más acomodadas hubiera un pianoforte, que en esas casas las señoras recibieran en sus salones y que en esas reuniones se interpretaran canciones con acompañamiento de piano. Las canciones eran “importadas” de Europa o estaban compuestas por miembros de la comunidad, dedicados profesionalmente a otros menesteres y músicos a ratos libres.

Con el tiempo los compositores aficionados pasaron a ser profesionales que viajaban a Europa para completar su formación y se convertían en autores de música de calidad fuertemente influenciada por las corrientes estéticas y académicas que habían estudiado, fundamentalmente en Alemania y Francia. Paralelamente a esta profesionalización se desarrollaba la música “comercial” a partir del folklore de los países de origen de los americanos europeos, las canciones de trabajo o los espirituales de los esclavos negros, y se recuperaba el folklore indio. A medida que los compositores se iban deshaciendo de la influencia europea y se iban impregnando de la música tradicional iba naciendo, por lo que respecta a la canción de cámara, un nuevo género, la canción americana, con personalidad propia y rasgos que la diferenciaban claramente de la propia de otros países. Hasta llegar a este momento, fueron varios los pioneros que abrieron camino.

 

La primera canción americana

En 1759, Francis Hopkinson compuso la primera canción americana, My days have been so wondrous free. En este punto convendría aclara que cuando decimos “americana”, nos referimos, aquí y en el resto del artículo, a “estadounidense”; convendría aclarar también que “primera” en este caso signfica “la primera cuya partitura se conserva”, porque sin duda había canciones americanas anteriormente. En 1759 habían pasado 139 años de la llegada del Mayflower a Plymouth y 26 desde la fundación de Georgia, la última de las Trece Colonias, y estos territorios estaban dando los primeros pasos hacia lo que sería la Declaración de Independencia en 1776.

Francis Hopkinson

Francis Hopkinson

 En el mundo musical europeo, en 1759 Gluck era un maduro compositor instalado en la Corte de Viena, Haydn estaba a punto de entrar al servicio de los Esterházy y Mozart tenía tres años. Faltaba mucho todavía para que naciera el lied romántico, pero ya se estaba gestando el lied clásico. En Inglaterra, con quien por razones evidentes las colonias mantenían frecuentes relaciones, ese mismo año fallecía Händel, alemán de origen pero inglés por aclamación; también por esa época eran muy populares las canzonets, canciones con textos en inglés que se interpretaban en las reuniones privadas.

Francis Hopkinson, el autor de la primera canción americana, nació en Filadelfia en 1737, hijo de un abogado inglés que emigró a Pennsylvania en 1731. Francis fue comerciante, abogado y juez, y uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. A su faceta profesional se añaden sus aficiones artísticas, fue también escritor, organista y compositor; la mayor parte de sus obras estaban compuestas para ser interpretadas en la iglesia.

Hopkinson eligió para su canción las dos primeras estrofas de Song, un poema de Thomas Parnell, clérigo y poeta irlandés, amigo y colaborador de Alexander Pope y Jonathan Swift. My days have been so wondrous free no se editó hasta 1788, incluída en un ciclo llamado inicialmente Seven Songs for the Harpsichord or Fortepiano y rebautizado posteriormente, al ser dedicado a George Washington, A Washington Garland.

Más allá de su valor simbólico, esta canción nos confirma que en las colonias también había vida musical y que era habitual la canción doméstica; por este carácter privado, en general estas canciones no se editaban, no se conserva ninguna otra partitura del siglo XVIII. También nos deja entrever la que será una de las influencias de la canción americana: la música compuesta para los servicios religiosos, por el propio Hopkinson y otros compositores también aficionados como William Billings, Jacob French o Timothy Swan.

 

La influencia de la música tradicional en la canción americana

En 1811 zarpaba de Pittsburgh (Pennsylvania) el primer barco de vapor del Mississippi; los viajes fluviales de norte a sur, tan importantes para el comercio durante el siglo XIX, también tuvieron repercusión en la música. Por primera vez, los habitantes del norte tenían acceso a la música del sur, es decir, a la música de los esclavos negros (tanto canciones de plantación como espirituales) que pronto llamó su atención.

Los primeros en fijarse en esa nueva música no fueron los aficionados a la música culta sino gente de teatro, los creadores del minstrel show, el primer género teatral propiamente americano. El minstrel show, que toma su nombre de los ministreles medievales, era un espectáculo parecido a lo que más tarde se conoció como teatro de variedades que se dio hasta la I Guerra Mundial. Los actores y cantantes eran hombres blancos con las caras tiznadas de negro (eran conocidos como blackfaces) que parodiaban (o ridiculizaban, según las fuentes) las costumbres, danzas y canciones de los negros en las plantaciones. La música que interpretaban los minstrels incorporaba también ritmos y melodías del folklore de los países de origen de los actores, fundamentalmente música celta, con lo que quedaban recogidas dos tradiciones musicales de orígenes muy diferentes.

Stephen Foster

Stephen Foster

 

Los minstrel shows eran a menudo zafios y muy probablemente racistas, pero el compositor más famoso de canciones para minstrel, Stephen Foster (1826-1864), siempre huyó de la vulgaridad y ofreció una imagen amable e idealizada de la vida en las plantaciones. Foster conocía la música popular de su país, pero también conocía a Thomas Moore y las óperas belcantistas, y fusionó en sus canciones todas sus influencias. Muchas de sus canciones trascendieron, todos conocemos Dixie, Oh! Susanna o Old Folks at Home (también conocida como Swanee River), que acabó por convertirse en un himno. A pesar de eso, Stephen Forster nunca consiguió en vida el reconocimiento como compositor serio.

Muy diferente fue el caso de otro pionero, Harry Thacker Burleigh. Burleigh nació en 1866 en Pennsylvania, nieto de esclavos, y tuvo su primer contacto con las canciones negras gracias a sus abuelos. De muy joven contribuyó a los ingresos familiares cantando en las iglesias locales (fue un reconocido barítono) y haciendo trabajos ocasionales en la casa donde trabajaba su madre; allí se familiarizó con la música clásica europea. Por mediación de la madre de quien sería también un importante compositor, Edward McDowell, Burleigh consiguió en 1892 una beca para el National Conservatory of Music of America en Nueva York, por aquel entonces dirigido por Antonin Dvórak, que acababa de llegar de Europa.

Harry Burleigh

Harry Burleigh

 

Dvórak tenía mucho interés por la música popular, y su encuentro con Burleigh fue providencial. El joven cantó para el compositor las canciones que le cantaba su abuelo y Dvorak le animó a armonizarlas y publicarlas; así fue como los cantos tradicionales llegaron a las salas de concierto convertidos en canciones para voz y piano, como antes habían llegado los arreglos de propio Dvórak o los de Brahms. No abandonó su carrera de barítono y él mismo cantaba sus canciones, en ocasiones acompañandose al piano; escribió numerosas canciones originales y obras de cámara, y fue respetado y querido tanto por su obra como por su labor a favor del reconocimiento de la música y los intérpretes negros; entre otras, impulsó la carrera de Marian Anderson. Murió en 1949, tras retirarse de los escenarios en 1946. Entre sus espirituales más conocidos están el primero que armonizó, Deep River, Go Down, Moses!, Crucifixion, Nobody knows the Trouble I see o Sometimes I fee like a Motherless Child.

Arthur Farwell

Arthur Farwell

 Hasta ahora nos hemos referido a la música tradicional celta, a las canciones de plantación o a los espirituales negros, pero en América había otra música tradicional, la de los indios, que llamó la atención de un grupo de compositores autodenominados indianistas, interesados en recopilar esa parte del patrimonio cultural americano. De estos compositores el más importante fue Arthur Farwell (1872-1952), que armonizó y transcribió para piano canciones indias, y fundó la editorial Wa-Wan Press, para difundirlas. Como tantos compositores contemporáneos, se formó en Alemania y Francia (tras completar sus estudios de ingeniería en el Massachusetts Institute of Technology), y a su regresó emprendió su particular cruzada a favor de una música americana libre de influencias europeas; compuso canciones a partir de poemas de Shelley y Blake, pero sobre todo a partir de la obra de la poetisa americana, Emily Dickinson.

 

Amy Beach, la pionera

Durante el siglo XIX fueron muchos los compositores americanos que como Arthur Farwell, Horatio Parker o Edward MacDowell completaron su formación musical en Europa; estudiar con los grandes maestros, en Alemania y Francia principalmente, era casi obligatorio. Si no podían trasladarse, recibían en los conservatorios locales o con profesores particulares la formación más europea posible. Ese fue el caso de Amy Beach (1867-1944), nuestra pionera, la primera compositora de relevancia en América.

Según cuenta su madre, la niña Amy Marcey Cheney volvió de unas vacaciones en casa de sus abuelos a los cuatro años diciendo “he hecho tres valses”. La señora Cheney, que era una excelente cantante y pianista, ya había empezado a enseñar música a su hija pero la afirmación le pareció excesiva porque en casa de los abuelos no había piano. La niña respondió que los había hecho “en su cabeza”, se sentó al piano y los tocó. Cuando Amy tenía ocho años, sus profesores en Boston recomendaron a sus padres que la enviaran a estudiar a Europa, donde sería recibida con los brazos abiertos en los mejores conservatorios, pero los padres desestimaron la idea. Amy siguió estudiando interpretación con los mejores profesores del país y composición de manera autodidacta (¿para qué iba a necesitar estudiar composición una mujer?).

Amy Beach

Amy Beach

 Amy compuso, y mucho. Publicó su primera obra, la canción The Rainy Day, a los quince años, y a esa edad debutó también como pianista profesional. Su carrera como concertista se interrumpió durante los veinticinco años que estuvo casada, en ese tiempo sólo tocó en conciertos benéficos, pero su marido, el doctor Henry Harris Aubrey Beach (a menudo la compositora se encuentra referenciada como Mrs H.H.A. Beach) la animó a componer durante todo ese tiempo. Entre sus obras, una sinfonía, un concierto para piano, muchas obras sacras y unas ciento cincuenta canciones.

Amy Beach se interesó también por la música popular y perteneció al grupo de los indianistas; en sus canciones encontramos claras influencias de Brahms o Debussy pero también las percibimos inconfundiblemente americanas; compuso a partir de poemas de Goethe, Heine, Silvestre o Hugo, pero sobre todo utilizó poemas en inglés: Shakespeare, Schiller, Robert Browning y Elisabeth Barret Browning, de su marido y suyos propios.

 

Charles Ives, el primer compositor de canción (auténticamente) americana

Nuestro último pionero es Charles Ives (1874-1954), reconocido como el primer compositor completamente americano, por haber roto abiertamente con la tradición europea y haber incorporado ritmos y referencias musicales inequívocamente americanas.

Charles Ives

Charles Ives

 Como Amy Beach, Ives recibió sus primeras lecciones de música en casa, su padre era director de banda. Y también podemos contar una anécdota del niño Charles, que nos da una idea de por dónde irían sus pasos. Cuando Charles tenía cinco años, su padre lo encontró tocando las partes del tambor de una pieza que ensayaban con la banda; pero lo tocaba en el piano, golpeando las teclas con los puños cerrados. A su padre le pareció buena idea, siempre y cuando lo hiciera bien, y lo llevó a que aprendiera a tocar el tambor. Su padre también le enseño a apreciar la música americana: las canciones de Stephen Foster, las que se habían hecho populares durante la guerra, las de cow boys o los himnos religiosos, y las primeras composiciones de Charles Ives fueron para la banda y para la iglesia local, donde a los catorce años ya era el organista.

En la universidad, en Yale, estudió música con Horatio Parker, uno de los compositores más importantes en aquel momento, de tradición germánica y con criterios muy conservadores. Ives rechazó ese conservadurismo y rompió con su profesor, estudiando por su cuenta a partir de ese momento. Fue uno de los compositores americanos más importantes, pero nunca se dedicó profesionalmente a la música; se dedicó a los seguros, y componía por las noches y durantes los fines de semana. A lo largo de su vida sufrió diversos infartos, el primero en 1907, que le fueron debilitando, y veinte años después prácticamente tuvo que retirarse.

A pesar de eso, su obra es muy extensa. Compuso para orquesta, para conjuntos de cámara, para coros, para voz y piano, para voz y orquesta... demasiado original para ser reconocido en su época, fueron otros compositores como Aaron Copland, Leonard Bernstein o Bernard Herrmann quienes le reinvindicaron y comenzaron a recuperar su obra.

Charles Ives publicó unas doscientas canciones. En ellas escuchamos ecos de las canciones alemana y francesa y las melodías y ritmos que identificamos como americanos; escuchamos también disonancias o fragmentos hablados o silbados... en su obra se cuentan canciones muy poco convencionales. Su colección más importante es 114 Songs; Ives la editó en 1922 tras hacer una selección de sus canciones a lo largo de treinta años, nunca antes había publicado ninguna. En esta colección encontramos canciones en alemán (claramente alemanas al oído, como Feldeinsemkeit o Ich grolle nicht, bien conocidas por nosotros en las versiones de Brahms y Schumann) y en francés, pero sobre todo en inglés. muchas de ellas con textos propios.

 

Audiciones

La mejor manera de acabar este recorrido por los inicios de la canción americana es escuchando algunas de las canciones de nuestros compositores pioneros, ordenadas cronológicamente. Todas están disponibles en esta lista de reproducción en Spotify, excepto la primera, que podemos escuchar en Youtube.

  • My days have been so wondrous free (Francis Hopkinson, 1759). No podemos decir que sea una gran canción, pero merece la pena escucharla por su valor histórico; aquí la tenemos interpretada por Thomas Hampson y Craig Rutenberg.
  • Old Folks at Home (Stephen Forster, 1851) es probablemente la canción más conocida de esta lista; una canción escrita para un espectáculo popular que acabó siendo grabada por Rosa Ponselle, Kirsten Flagstad o Robert Merrill. Escucharemos la versión de este barítono, aunque los aficionados al cine quizá recuerden la interpretación más famosa, la de Deanna Durbin en Nice girl (1941).
  • Twilight (Amy Beach, 1891) es el no. 1 de Three Songs, op. 2, tres canciones compuestas a partir de poemas de Henry Beach, el marido de Amy; una canción muy ligada al Romanticismo en la que cuesta reconocer los rasgos “americanos” pero, en cualquier caso, una canción preciosa, interpretada por Patrick Mason y Joanne Polk.
  • Memories (Charles Ives, 1897) es una canción escrita por Ives cuando estaba en la universidad. Está dividida en dos partes prácticamente independientes, A. Very pleasant y B. Rather Sad. La segunda, una bonita canción melancólica, sigue a una divertida y atropellada canción que describe de manera muy expresiva la expectación de un espectador en un teatro de ópera antes de que se levante el telón, que pone a prueba la expresividad, el fiato y la dicción del cantante, por no hablar de su habilidad silbando.
  • The Year's at the Spring (Amy Beach, 1900). De entre las canciones de Amy Beach, las más conocidas son Three Browning Songs, op. 44, con poemas de Robert Browning. La primera, The Year's at the Spring, nos lleva al lied romántico, quizá a Schubert, pero a la vez nos recuerda el musical americano (que en 1900 todavía no existía en la forma en que lo conocemos). La interpretación propuesta es también la de Patrick Mason y Joanne Polk.
  • Song of the Deathless Voice (Arthur Farwell, 1908). Farwell publicó en 1901 American Indian Melodies, transcripciones para piano de diez canciones de la tribu Omaha; unos años más tarde recuperó tres de esas canciones para voz y piano, adaptando él mismo la letra. Escucharemos la primera de esas tres canciones, un lamento por un guerrero muerto, interpretada por el barítono William Parker acompañado por William Huckaby.
  • Deep River (Henry Thacker Burleigh, 1916) es el primer espiritual que armonizó Burleigh, a sugerencia de Antonin Dvórak; la escucharemos en la grabación de Marian Anderson, otra pionera, en este caso de la interpretación. Le acompaña Franz Rupp.
  • At the river (Charles Ives, 1916). At the river, o Shall we gather at the river, es un conocido himno religioso compuesto por el ministro baptista Robert Lowry en 1865, que Ives reinterpretó en 1916, Aaron Copland en 1953 y George Crumb en 2003. La versión de Ives, que es la que nos interesa aquí, es el no. 45 de sus 114 Songs y llama la atención porque la voz reproduce con mucha fidelidad la melodía mientras que el acompañamiento introduce aquí y allá acordes disonantes. La versión que escuchamos es la de William Sharp y Steven Blier.
  • Sometimes I feel like a motherless child (Henry Thacker Burleigh, 1919), es otro de los espirítuales adaptado por Burleigh para voz y piano, probablemente el más interpretado en las salas de concierto; lo escucharemos en la versión de Barbara Hendricks, acompañada por Dmitri Alexeev.
  • Two little flowers (And dedicated to them) (Charles Ives, 1921) es el no. 104 de 114 Songs, una deliciosa canción que recupera el espíritu doméstico de la canción a principios del siglo XIX: los autores del texto son Charles Ives y su esposa Harmony, que lo escribieron al ver jugar en el patio trasero de su casa a su hija adoptiva, Edith, y a su compañera de juegos, Susan, las dos pequeñas flores. La interpretan Jan DeGaetani y Gilbert Kalish.
  • I'm nobody! Who are you? (Arthur Farwell, 1944). Acabamos este repaso con otra canción de Farwell, una de las más de treinta compuestas a partir de los poemas de Emily Dickinson, el no. 8 de Ten Emily Dickinson Songs, op. 108.

Artículo publicado en Codalario Premium (julio-agosto2014)

 

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