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Robert Schumann
 
¿Cómo abordar una presentación de Dichterliebe, el gran ciclo de Robert Schumann? Podríamos empezar por contar que fue compuesto en una semana, entre el 24 y el 31 de mayo de 1840, justo después de acabar Schumann su Liederkreis sobre poemas de Eichendorff; podríamos hablar de los veinte poemas del Lyrisches Intermezzo de Heinrich Heine que Schumann eligió para articular una historia con principio y fin; decir que Heine reflejó en esos poemas su amor frustrado por su prima Amalie o hablar de cómo se conocieron Schumann y Heine en 1828. Podríamos hablar también, una por una, de las dieciséis canciones que finalmente formaron el ciclo, y de las cuatro que se descartaron y se publicaron por separado. Pero, tratándose de uno de los ciclos más queridos del repertorio, de esos que levantan pasiones (pasiones liederísticas, que ya sabemos que son menos expansivas que otras pasiones musicales), ¿por qué no explicar por qué es tan apreciado? Volvamos a empezar.

Cinco motivos para amar Dichterliebe:

  • Por su música, naturalmente. Por esos tres compases iniciales que convierten el día más desapacible de invierno en un luminoso día de mayo y esos quince compases finales que te devuelven suavemente a una realidad mejor que la que dejaste. Porque entre unos y otros encontramos uno de los lieder más célebres, de lo que crean afición, ¿quién no cae rendido ante un Ich grolle nicht bien cantado? Porque antes está la pasión a media voz de Ich will meine Seele tauchen y después nos arrastra el vals en Das ist ein Flöten und Geigen. Y por todas y cada una de las canciones.
  • Porque Heine anda por ahí, con su ironía y su capacidad para reirse de si mismo en Ein Jüngling liebt ein Mädchen, explicando cómo le ha pasado "lo de siempre", que se ha quedado compuesto y sin novia por despecho. O con sus hipérboles en Im Rhein, im heiligen Strome y esa comparación casi sacrílega de su amada con la Virgen María. O con su encantador trabalenguas en Die Rose, die Lilie, die Taube, die Sonne. Heine te invita a poner cierta distancia y te ahorra pasarte un disgusto cada vez que escuchas Dichterliebe.
  • Porque es corto. No es que el valor de una obra esté en relación con su duración, pero la media hora escasa que dura lo hace ideal para escucharlo, poemas y/o partitura en mano, en un rato que nos regalemos o, si no podemos dedicarnos ese lujo, en un trayecto del trabajo a casa en el tren. Es como ese libro de relatos que siempre tenemos a mano y al que siempre volvemos.
  • Porque acaba bien. O al menos, no acaba mal. En Die alten, bösen Lieder, el amante abandonado encierra todas sus penas en un gran ataúd, tan pesado que sólo podrán transportarlo entre doce fuertes gigantes (de nuevo las hipérboles de Heine) que lo lanzarán al mar. Un final mucho más gratificante, por antiromántico que sea, que el amante ahogado en el río o desvariando.
  • Porque se ha grabado tantas veces, hay tantas versiones, que es difícil que uno no encuentre la(s) suya(s); no hay cantante masculino que no haya dejado su Dichterliebe; incluso alguna señora lo ha grabado. No se trata sólo de que uno prefiera tenores o barítonos, o tal o cual cantante. Se trata también de que la música de Schumann y los versos de Heine abren tantas posibilidades que las versiones pueden ser muy diferentes.
 
Artículo publicado en Codalario Premium (febrero 2015)

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